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El Puerto cumple medio siglo

El Estado dio por terminadas en 1963 las obras portuarias que la Vega Baja reclamaba durante un siglo para exportar sal y productos de la huerta.

La infraestructura abriga tres marinas deportivas además del muelle comercial y la flota pesquera

Acaba de cumplirse el 50 aniversario de la terminación del puerto de Torrevieja. Una efeméride que para muchos ha pasado desapercibida porque parece que estuviera ahí toda la vida, como una prolongación natural de la ciudad al mar. Que a los torrevejenses les gusta contar su historia marinera y portuaria es un hecho, y se diría que tanto le deben al puerto como a Larramendi, el ingeniero que rediseñó la población después del terremoto. Siempre ha sido fiel reflejo de lo que es la ciudad y de lo que quiere, y por su situación en el mismo centro del entramado urbano de Torrevieja ha resultado fácil incorporarlo a la apuesta turística y de ocio del municipio con marinas deportivas y paseos como el que se eleva sobre el Dique de Levante permitiendo caminar entre gaviotas.

Pero el logro no fue fácil. Más de un siglo estuvieron los torrevejenses pidiendo la construcción de un puerto que protegiera de los levantes y los ponientes a los mercantes que llegaban a llevarse la sal, entonces única industria local. Y las demandas también llegaban con fuerza a Madrid desde todos los rincones de la Vega Baja, que veían en él una salida rápida y eficaz para los productos de sus huertas. Mucho más que simple aspiración local, el puerto era esperanza de progreso y desarrollo económico para toda la comarca.

La historia de su construcción no es tampoco diferente a la de tantas infraestructuras públicas de hoy en día. Demoras, aplazamientos, dificultades de financiación, concesiones administrativas ruinosas a particulares y empresas, proyectos rechazados y abultados sobrecostes. Nada a lo que no estemos acostumbrados 153 años después de aquel primer proyecto que hiciera Agustín Elcoro después de que el gobierno central aprobara la edificación de un abrigo en Torrevieja.

Gregorio Canales y Fermín Crespo, de la Universidad de Alicante, dejaron ya detallada crónica de los avatares por los que atravesó en un estudio sobre la gestación y desarrollo de este puerto. Las obras, iniciadas en 1862, pronto tuvieron que suspenderse por falta de piedra, aunque en la rescisión del contrato parece que tuvieron más peso las quejas elevadas por los puertos de Alicante y Cartagena, temiéndose la rivalidad comercial de la futura dársena torrevejense. El proyecto fue acumulando retrasos entre protestas sociales de los habitantes de la Vega y requerimientos formales de sus ayuntamientos al Ministerio de Fomento. Varias veces recurrió el gobierno al sector privado para su financiación, pero la fórmula tampoco funcionó. El dinero, ni público ni privado, llegaba a la ciudad de la sal, que tenía que apañarse con un pequeño embarcadero pseudocomercial para la carga y descarga de mercancías en general –el popular «muelle Mínguez»–, y un dique de pocos metros propiedad de las instalaciones salineras para embarcar la sal en los mercantes.

Las obras del Dique de Levante, primera y fundamental pieza de la infraestructura, no comenzarían hasta 1915, privando así a los productores de la comarca y a la misma Torrevieja de los beneficios de la intensa actividad comercial que registraban otros puertos cercanos durante los años de guerra europea.

Marinas
Entre esta fecha y 1963 la sucesión de abandonos y reinicios de los trabajos en la construcción será una constante. El avance más importante se produce entre 1924 y el inicio de la Guerra Civil. De esta época quedarían en Torrevieja como parte de su acervo popular decenas de imágenes tomadas por el fotógrafo Darblade o la historia de amor entre un ingeniero alemán destinado a las obras y una chica del pueblo. De la envergadura del proceso pueden dar idea los 1,2 millones de toneladas de piedra arrojados al mar procedentes del Cabo de Santa Pola. En ese momento el perfil del dique de Levante, con sus casi 1.400 metros de longitud, ya se asemejaba al actual, aunque un fuerte temporal destruyó las escolleras en los años cuarenta. Fue la modernización de la extracción de sal con la llegada de la Nueva Compañía Arrendataria de las Salinas en 1951 la que llevó al Estado a comprometerse en firme con las obras del puerto, reforzando y reparando los daños del Dique de Levante y creando su otra infraestructura básica, el muelle de Poniente, de casi 800 metros de longitud. Construido entre 1952 y 1963, le daba su configuración definitiva.

El puerto llegó tarde para la Vega, que encontró en nuevas flotas de camiones y por carretera la salida a sus productos. Pero no para Torrevieja, que ha sabido sacarle partido y aprovecha hoy al máximo su capacidad con 100 hectáreas en las que seguir potenciando la industria salinera, abriga todavía a la flota pesquera y ultima su adaptación a la producción de agua desalada mientras explota su potencial turístico con tres puertos deportivos que saturan con miles de embarcaciones de recreo el espacio marítimo de la bahía. Puerto y ciudad unidos a un mismo destino.

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